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En Medellin, Quintero Calle quiere “deconstruir” la Navidad

Por Jaime Restrepo Vásquez

¿Por qué imponer al diablo en la Navidad de Medellín? A la luz de lo que se celebra, no tiene sentido alguno. Tampoco suena razonable el desafío a las tradiciones y a las personas que creemos que la Navidad es un tiempo especial, de enorme importancia para nosotros y para nuestras creencias, pues celebramos el nacimiento de quien nos trajo la vida y la esperanza, todo lo opuesto al diablo del alcalde de la ciudad y de EPM.

Sin embargo, al leer la posición del alcalde, relacionada con el diablo en los alumbrados de Navidad, aparecen sus verdaderas intenciones. Recientemente, Quintero Calle señaló en Twitter que el carnaval de Riosucio es una de las fiestas más pintorescas de Colombia. Remitiéndonos al diccionario de la RAE, encontramos que efectivamente ese carnaval es pintoresco, pues presenta una imagen peculiar, la del diablo, pero además es estrafalario y chocante. Esto deja ver lo que representa la Navidad para el alcalde de Medellín: le resulta desaliñada, extravagante y chocante, es decir, antipática, fastidiosa y que le causa incomodidad y rechazo.

Posteriormente, Quintero Calle aseguró que decir que el carnaval de Riosucio es demoníaco sería como decir que el desfile de mitos y leyendas, que se realiza en Medellín cada 7 de diciembre, también lo es. Veamos: el carnaval de Riosucio es el carnaval del diablo y, es de Perogrullo, si es del diablo, necesariamente es demoníaco, pues según la RAE, esa palabra significa "perteneciente o relativo al demonio". Sigamos con la aclaración más que obvia de los términos: el demonio es el diablo, según el Diccionario de la Real Academia. ¿Entonces, si el carnaval de Riosucio es del diablo, es o no es demoníaco? ¡Claro que sí, por más que intenten atribuir un significado distinto a las palabras!

Otra falacia es la del desfile de mitos y leyendas, pues allí no se ha visto una criatura demoníaca que castigue a los niños malos, ni una bestia que se lleve a los infantes traviesos a las profundidades del infierno, para devorarlos completamente. En cambio, lo que el alcalde y sus lugartenientes instalaron fue un demonio nórdico, conocido como Krampus, dedicado a atemorizar a los niños cada fin de año. Más allá de la coincidencia decembrina de la actividad de Krampus con la celebración de la Navidad, no hay nada que identifique al demonio nórdico con la celebración del nacimiento de Jesús. 

Ni Krampus, ni el diablo son apropiados para la Navidad. Esto lo sabe Quintero Calle, quien ha decidido desafiar a muchos ciudadanos con el desvarío de instalar el diablo del carnaval de Riosucio. ¿Por qué lo hace? Porque el eje transversal de la gestión del alcalde es deconstruir, palabra muy de moda en los círculos del marxismo cultural. Eso de deconstruir, valga aclararlo, proviene del vocablo francés déconstruire, que significa desmontar una estructura conceptual, como la Navidad y las creencias. Más recientemente, esa palabra ha sido utilizada para destacar la intención de demoler las estructuras sociales e incluso los valores y principios de los individuos.

Es que Quintero Calle siente que avanza en la implantación de un cambio político en la ciudadanía medellinense, atacando la superestructura, es decir la sociedad en sí, con todos sus valores y pilares, tal y como lo afirmaba el comunista italiano Antonio Gramsci, quien además indicaba que era indispensable considerar elementos fundamentales de la sociedad como la familia, la religión, la sexualidad, la raza y el arte como factores opresores que “niegan el espíritu libre”.

Así las cosas, lo que viene ejecutando el alcalde es marxismo cultural, puro y duro, derrumbando y asaltando los elementos de la estructura social para imponer una reinvención del sentido que se les había atribuido. Es lo que está haciendo con sus diablos en los alumbrados de Navidad: reinventar, deconstruir el sentido y la tradición que tanto le molesta.

De hecho, el aventajado marxista cultural Quintero Calle, sigue, al pie de la letra, la estrategia gramsciana, buscando imponer un cambio del modo de pensar de la ciudadanía a través de pequeños pero significativos cambios. Para alcanzar este objetivo, decía Gramsci, es necesario generar un ánimo hostil contra cualquier forma de jerarquía y orden, difundiendo la idea de que la autoridad se degrada sistemáticamente en la iglesia, el Estado, la familia o la enseñanza.

Todo lo anterior resume a la perfección, la gestión del alcalde durante su “gobierno”: ataques al Estado, condescendencia con el vandalismo y el terrorismo y la promoción del aborto, la prostitución, la brujería y el chamanismo, además del incremento de la burocracia mediante la creación de una secretaría de la diversidad sexual. Ahora entroniza al diablo en la Navidad, como un reto a los valores y principios de miles y miles de ciudadanos, de tal manera que nos vayamos acostumbrando a la deconstrucción de nuestra forma de pensar y así ablandarnos para que permitamos los abusos y la instauración de una ideología fracasada y criminal en la ciudad.

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